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Fecha: 1924
Material: mármol.
Dimensiones: 66 x 61 x 38 cm

Las fiebres altas o perniciosas, así denominadas, eran el mal común del Istmo desde la época colonial; sin embargo, una en particular causaba pánico en los lugareños que veían cómo la población se diezmaba ante la epidemia. Los pacientes sucumbían en fiebres extremadamente altas acompañadas de dolores musculares, lo que podía parecer en principio una gripe, pero pronto el panorama cambiaba dando paso a convulsiones que hacían estremecer al paciente hasta dejarlo empapado en sudor y al borde de la inconsciencia. Su piel y la esclerótica (parte blanca de los ojos) cambiaba a una tonalidad amarilla.  El final fatal de la enfermedad sobrevenía  cuando el paciente  vomitaba sangre, resultado de las hemorragias internas causadas por la fiebre, luego de esto en cuestión de horas fallecía. La llamada fiebre amarilla podía provocar la fatalidad en solo tres días, pero la agonía que causaba era terrible y no había forma de combatirla.

El desconocimiento de la enfermedad dio paso por siglos a suposiciones respecto a su contagio, pensándose que el mal aire de las aguas estancadas era el causante de la enfermedad y que su contagio se daba por el contacto con las ropas y sábanas de los enfermos. Esta situación llevó a los hombres de ciencia del siglo XIX a investigar la enfermedad para comprender su causa, modo de transmisión y combatirla. Entre estos científicos destacó el Dr. Carlos J. Finlay, quien luego de 24 años de investigación, presentó el 14 de agosto de 1881, ante la Academia de Ciencias Médicas de la Habana, su  trabajo investigativo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente trasmisor de la fiebre amarilla”, planteando que la fiebre amarilla era trasmitida por el mosquito  Aedes Aegypti. El aporte de Finlay al estudio de la enfermedad no tendría acogida en la comunidad científica, hasta que el  Dr. William C. Gorgas los tomó en consideración llevando a cabo campañas sanitarias que erradicaron la enfermedad en Cuba y Panamá, permitiendo así la construcción del Canal de Panamá.

Nuestra pieza del mes hace honor al médico que con sus estudios aportó en la erradicación de esta enfermedad. El busto del Dr. Finlay fue solicitado por el presidente Belisario Porras en 1924  al maestro escultor Augusto Maillard, para situarlo frente al laboratorio central del Hospital Santo Tomás, con el tiempo sería trasladado al Departamento de Patología del mismo hospital. Esta pieza fue donada por el Ministerio de Salud, como aporte a la creación del Museo del Canal Interoceánico  de Panamá.